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Desde el corazón del desierto pampeano hasta Luján: la travesía a caballo de una familia como acto de fe y testimonio de vida rural

En el corazón del desierto pampeano, donde la densidad poblacional es mínima y las distancias lo son todo, una familia decidió emprender una travesía que parece salida de otro tiempo. En lugar de salir a trabajar como cualquier otro día —juntando vacas en sus extensos campos de Pichimahuida, La Pampa—, eligieron responder a un llamado distinto: el de la Virgen de Luján y el del gauchaje, esa herencia viva que aún respira en las vastas llanuras del interior argentino.
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EDITORIAL

En el corazón del desierto pampeano, donde la densidad poblacional es mínima y las distancias lo son todo, una familia decidió emprender una travesía que parece salida de otro tiempo. En lugar de salir a trabajar como cualquier otro día —juntando vacas en sus extensos campos de Pichimahuida, La Pampa—, eligieron responder a un llamado distinto: el de la Virgen de Luján y el del gauchaje, esa herencia viva que aún respira en las vastas llanuras del interior argentino.

Así comenzó una peregrinación de casi mil kilómetros a caballo, desde el oeste profundo hasta el santuario de la Virgen de Luján, una gesta que unió fe, raíces, sacrificio y familia. No fue una excursión turística ni una aventura recreativa, sino un acto de profunda devoción y, al mismo tiempo, una manera de reafirmar su pertenencia al campo, su modo de vida y sus valores. “El llamado de la Virgen y del gauchaje”, explicaron. Y con esa premisa simple y poderosa, se largaron.

Una ruta de fe entre campos despoblados

La salida fue desde Pichimahuida, una localidad enclavada en uno de los rincones más despoblados del país. Allí las proporciones son otras: se estima que hay 25 hectáreas por vaca, y los trayectos diarios suelen extenderse decenas de kilómetros. Con la experiencia de recorrer grandes extensiones para trabajar, la familia no temió la distancia hasta Luján. Cargaron los recados de uso diario y montaron los caballos de trabajo. Sin pompas ni ceremonial. Así, como viven.

El itinerario fue complejo y cambiante, determinado por las condiciones del clima y los caminos. Partieron hacia Cuchillo Có, un pueblo recientemente castigado por las lluvias, y de allí tomaron dirección a Jacinto Arauz. Las intensas precipitaciones forzaron cambios de ruta y desvíos. Tuvieron que evitar el paso directo a Puán por caminos intransitables y bordear hacia Guaminí. Pasaron por un puente dañado sobre la Ruta 33, en dirección a Guaminí, y luego partieron hacia Pirovano, donde se encuentran las raíces familiares: el campo de los abuelos, el cementerio, la memoria. Desde allí, continuaron hacia Bolívar, después a Bragado, y finalmente emprendieron la última etapa hasta Luján, pasando por Suipacha y Mercedes. En total, recorrieron 990 kilómetros a caballo. Llegaron a Luján el 5 de mayo, exhaustos pero agradecidos.

Una logística improvisada, una travesía exigente

Nada de esto estaba meticulosamente planificado. La travesía fue, en muchos aspectos, una improvisación. Una vieja camioneta con un tráiler de tres caballos les permitió organizar turnos: hacían entre 35 y 40 kilómetros por la mañana con caballos frescos, cambiaban los animales y continuaban por la tarde. Así, en los primeros días, llegaron a cubrir entre 70 y 80 kilómetros diarios. Sin embargo, con el paso del tiempo, el ritmo bajó y el promedio se estabilizó en unos 45 kilómetros por día.

Uno de los hijos del matrimonio cursa una carrera universitaria a distancia y rindió exámenes desde el camino, con ayuda de una computadora y conexión móvil intermitente. Un claro ejemplo de cómo conviven la tradición más ancestral con las herramientas de la modernidad.

Evitaron siempre que pudieron las rutas asfaltadas, optando por caminos rurales o internos. Las condiciones fueron durísimas: desde piedras vivas que desgastaban los cascos de los caballos, hasta tramos enlodados y puentes rotos. A pesar de eso, llegaron a destino sin que ningún animal flaqueara ni sufriera más allá de lo esperable.

El campo, los caminos y el abandono

El estado de los caminos fue una constante preocupación durante el viaje. Los senderos que años atrás eran rastrilladas indígenas, y luego se transformaron en rutas rurales, hoy están en muchos casos deteriorados o directamente intransitables.

“Se han volado los caminos de tierra, han quedado duros. Piedra viva. Muy seguro, pero te rompe todo”, relataron. En La Pampa, el problema se agrava por la falta de mantenimiento y el famoso “serrucho” —esas ondulaciones que sacuden y desgastan los vehículos—, que se vuelve infernal cuando pasan meses sin una motoniveladora.

Aun así, rescatan el esfuerzo del capital humano: las cuadrillas de Vialidad, los camineros, las empresas que colaboran con lo poco que tienen. “Hacen lo que pueden, con muy poquitos recursos”, valoraron. La imagen que ofrecen es doble: una Argentina abandonada en términos estructurales, pero habitada por personas comprometidas y solidarias.

La desertificación que avanza

Uno de los aspectos más inquietantes del testimonio es la constatación de la despoblación rural. “De diez tranqueras, siete estaban con candado”, señalaron. Es la Argentina vacía, donde el silencio de los campos se llena de ausencia.

A pesar de eso, esta familia decidió quedarse. En un mundo que empuja hacia las ciudades, ellos apostaron a enraizarse en el campo, a criar a sus hijos en contacto con la naturaleza, lejos de las pantallas y el bullicio. “Gracias a Dios se quieren quedar en la zona, quieren producir en este desierto y hacer grande la patria desde acá”.

Los hijos —once en total— se formaron en escuelas rurales, luego en instituciones del pueblo, y hoy muchos estudian a distancia en la universidad.

Un premio espiritual y familiar

Llegar a Luján fue un regalo, una consagración. “Ahí me di cuenta de que estoy un poco grande”, confesó el padre de familia entre risas y emoción. Pero el cansancio físico no opacó el sentido profundo del viaje: agradecer, pedir por quienes quedaron en el campo y por la Argentina toda. “En este mes y medio de viaje, la amamos un poquito más a la Argentina, y a la Virgen de Luján, por supuesto”.

La vuelta fue diferente. Los caballos quedaron pastando en Bolívar, en el campo de un amigo cosechero, y serán traídos de a poco. Mientras tanto, los animales —como sus jinetes— extrañan la querencia, esa combinación única de paisaje, viento y tierra que da identidad.

Una forma de vida, un testimonio de país

La vida en el campo, explican, es dura pero profundamente gratificante. “No la cambiaríamos por nada. Volveríamos a hacer lo mismo, pero un poco mejor”. Han encontrado en la ruralidad no solo una ocupación, sino una forma de vida integral, donde la familia, la fe, el trabajo y la naturaleza se entrelazan.

Las noches largas se llenan de canto, de charlas, de juegos, de tiempo compartido. Los chicos encuentran allí el espacio para desarrollar sus talentos. Se cultiva una huerta modesta, se crían animales, se enseñan valores.

Y en ese contexto, cada viaje al pueblo —por un parto, por medicamentos, por educación— se vuelve una odisea, y cada regreso al campo, una reafirmación. No viven con conexión permanente a internet ni con señal de celular en todas partes. Prefieren que los hogares sean un refugio libre de pantallas, aunque usan la tecnología con inteligencia para estudiar y conectarse con el mundo cuando es necesario.

Un mensaje para el país

Esta familia pampeana no se propone dar lecciones ni reclamar atención. Solo quieren compartir lo que vivieron. Pero su testimonio —recorrido a caballo mediante— funciona como una poderosa metáfora sobre el país: el abandono estatal, la fuerza de la comunidad, la fe como motor, la importancia de volver a poblar los campos y de mirar hacia el interior profundo no solo como reserva productiva, sino como semilla de un modo de vida posible.

“Ojalá vuelvan las familias al campo”, desean. “Ese campo maravilloso de Buenos Aires, donde una ruta está a 10 o 15 kilómetros. Donde crece la remolacha y los tomates. Donde los caballos están gordos. Ese paraíso”. Mientras tanto, ellos seguirán apostando por el suyo: un desierto que, gracias a la fe, el trabajo y el amor, florece cada día un poco más.