La urgencia de invertir en la eficiencia vial
*Por el Ing. Civil Marcelo Helou. MP 876-CI. www.hems-tech.com.
Cuando se analizan los estudios de organismos como el BID, la CAF o la OCDE, aparece una conclusión recurrente. Las economías más competitivas han logrado aumentar su PBI sin incrementar proporcionalmente su consumo energético. La clave no radica únicamente en producir más, sino en hacerlo de manera más eficiente.
Dentro de los múltiples procesos susceptibles de mejora, la infraestructura vial ocupa un lugar determinante. En Argentina, el transporte representa más del 30% del consumo energético total y constituye uno de los principales motores de la economía. Por ello, cualquier avance en materia de eficiencia vial genera beneficios que trascienden ampliamente al propio sector.
El desafío consiste en lograr que personas y mercancías lleguen a destino en tiempo, forma y a costos competitivos. Desde la carga que se dirige a un puerto hasta el trabajador que toma un colectivo para llegar a su empleo, toda la economía depende de la eficiencia del sistema de transporte.
El costo de la ineficiencia
El tiempo es oro. Las demoras en una ruta deteriorada, una congestión urbana o una interrupción del tránsito genera costos que terminan trasladándose a la cadena productiva. Bajo este concepto, la competitividad moderna no depende únicamente del precio o de la calidad de los productos, sino de la capacidad de cumplir plazos y garantizar previsibilidad logística.
Por su extensión, esta realidad es aún más evidente en Argentina. Los datos de la campaña agrícola 2024/2025 muestran que aproximadamente el 75% de la producción de granos llegó a puertos, industrias y centros de consumo mediante transporte automotor. Por ello, el deterioro de las rutas, además de un tema de movilidad, constituye un problema de competitividad económica. Las demoras o restricciones operativas por kilómetro en malas condiciones terminan reflejándose en mayores costos para producir, transportar y exportar.
Con la vista hacia el futuro
En el actual contexto global, Argentina posee (nuevamente) ventajas extraordinarias, recursos minerales estratégicos, una agroindustria altamente tecnificada, importantes reservas energéticas y una ubicación geográfica privilegiada. Sin embargo, muchas de estas fortalezas se diluyen cuando la producción debe atravesar infraestructura insuficiente o deteriorada. Es por ello que las economías más avanzadas invierten en sistemas multimodales donde cada medio cumple la función para la que resulta más eficiente. El objetivo no es reemplazar un modo por otro, sino coordinarlos inteligentemente.
En este mundo marcado por la incertidumbre geopolítica, la volatilidad energética y la competencia por inversiones, nuestra infraestructura deja de ser una simple obra pública para convertirse en una política estratégica de mediano y largo plazo. Desde esta perspectiva, la discusión sobre los mecanismos de financiamiento pierde relevancia frente a la magnitud de la oportunidad. Ya sea mediante concesiones, financiamiento internacional o esquemas de participación público-privada, resulta indispensable avanzar con urgencia en obras que mejoren la eficiencia del sistema.
La pregunta de fondo no es cómo se financiarán las inversiones, sino cuánto tiempo más podemos postergar las condiciones que permitan a nuestras regiones competir en igualdad de oportunidades dentro de una economía cada vez más exigente.
